En realidad, frente al fracaso que fueron los puertos cuando estuvieron en manos de Enapu –Callao era el puerto latinoamericano más ineficiente y caro– así como a la enorme carga que representó durante décadas Petroperú para el contribuyente peruano, uno se pregunta: ¿Qué sentido puede tener arrojarse nuevamente a un agujero del que nos tomó tantos años levantarnos?
Incluso, si vemos tanto el sector portuario como el mercado de combustibles, el Perú hoy es absolutamente otro comparado al estancamiento de la época de Velasco. Lo sorprendente es que nadie le está pidiendo estatismo al presidente, al contrario, lo que la gente quiere es más competencia para que los precios sigan bajando. Pero en lugar de ello vamos camino a monopolios estatales donde la escasez y el racionamiento estarían asegurados. Claramente hay un sesgo ideológico; no hay otra forma de explicarlo.
En todo caso, esperamos que el Parlamento corrija ambos excesos –las facultades fueron otorgadas para seguridad, no para contrabandos, y el crear un monopolio requeriría de una ley expresa para autorizarlo. Pero lo más alarmante es el poco conocimiento de nuestra historia que algunos están demostrando ante la facilidad con la que pueden caer en los mismos errores del pasado.
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