jueves, 12 de julio de 2012

EL PAÍS. La pobreza se enquista en Buenos Aires

El navegador GPS muestra un triángulo rojo cuando el coche se aproxima a la Villa 21 de Buenos Aires y nos advierte de que estamos entrando en una zona de peligro. Las villas miseria son la cuna y la tumba de los adictos al paco, la pasta base, tal vez la droga más destructiva. Mencionar la Villa 21 o la Ciudad Oculta o la 1-11-14, también conocida como el Bajo Flores, es evocar los callejones de menos de un metro de ancho y sin salida, las tomas ilegales de corriente eléctrica, los sepelios de pequeños narcotraficantes cortejados por sus compinches disparando al aire. Hay decenas de ellas repartidas por Argentina, repletas de gente acostumbrada a que ningún Gobierno atienda sus necesidades. Es sinónimo de abandono, droga y violencia. Y sin embargo, la mayoría de sus habitantes son humildes trabajadores, a menudo inmigrantes procedentes del campo o de Perú, Paraguay, Bolivia… Sirvientas, albañiles, carpinteros y camareros obligados a veces a ocultar su lugar de residencia.
“El que vive acá se tiene que buscar un amigo en la ciudad para cuando vaya a pedir laburo dar su dirección. Porque como vean que vives acá nunca te contratan”, indica Cristián Heredia, de 32 años y residente en Villa 21. En la 21-24 solo las multas y las citaciones judiciales llegan a las casas; el resto del correo hay que recogerlo en una oficina municipal. En cada esquina patrullan agentes de la Prefectura, una policía militarizada que hasta hace pocos meses se limitaba a la vigilancia de las costas y fronteras. “Con esta gente estamos mucho más tranquilos, se ve menos delincuencia. La policía que había antes era cómplice del negocio de la droga. Desde que llegó la Prefectura, ya apenas se ven coches y motos robadas”, añade Heredia.
“Acá a la fuerza tenemos que ser todos albañiles, fontaneros y electricistas. Yo no tenía ni idea de construir una casa, pero tuve que hacerme la mía. Y caerse no se ha caído. Pero eso sí: todas las viviendas están llenas de agujeros y goteras”, explica Héctor Kopp, aliasMaxi, de 29 años, miembro de la ONG Vientos Limpios del Sur. “Ahora se ha puesto de moda en la ciudad la cultura villera, porque en las villas nos gusta ir con ropa y zapatillas de deportes. Pero en un día de lluvia es muy fácil distinguir al auténtico villero: los de acá llevamos siempre los zapatos mojados, porque desde que salimos de la cama estamos pisando charcos”.

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