miércoles, 1 de junio de 2016

Sorpresas y omisiones voluntarias, por Carlos Adrianzén

Como en todo cambio de gobierno, la administración saliente solo habla de sus hipotéticos logros en su paso por la burocracia. Los entrantes recibirán apresuradamente esa data en las sesiones de transferencia o a través de los medios. Ellos no solo deberán auditar lo recibido (limpiándolo del usual maquillaje estadístico), sino también alinearlo con lo que han ofrecido en campaña y con su propia percepción –no necesariamente presentada públicamente– de lo que se debe o se puede hacer.
Usualmente, los errores de arqueo y los lamentos ulteriores se ven potenciados por la conformación de los equipos del próximo gobierno. El grado de éxito o fracaso de este proceso, evidenciado en los próximos seis meses, delineará la siguiente gestión. Es cierto que eventos fortuitos, externos o internos, podrían influenciar para bien o para mal esta afirmación, pero este proceso de transferencia calibrará cuánto. 
Por ello, y dada la relevancia de este arqueo, me atrevo a presentar una exploración macroeconómica sintética de lo que recibirá este 28 de julio quien prevalezca el domingo. 
Mi primera observación nos remite a una realidad palmaria: se estaría maquillando al muerto. Aquí, quizá la observación más importante implica la sostenida reducción del ritmo de crecimiento económico. 
Ollanta Humala recibe, a mediados del 2011, una economía que registraba anualizadamente una tasa de crecimiento del PBI de 8,1%, un dinamismo exportador en dólares de 30,1%, y un crecimiento de la inversión privada de 12,1%. Le deja a quienes lleguen tasas muy deterioradas (respectivamente: 3,6%, -12,5% y -4,7%). 
Revertir esto no será tarea fácil, aunque culpar a actores externos les proporcionará una coartada cómoda frente a la opinión pública y los organismos multilaterales. Después de todo, nadie espera ganadores en una zona de perdedores (América Latina).
Por otro lado, el actual directorio humalista del Banco Central de Reserva le dejará al próximo la tarea de corregir el incumplimiento sostenido de la meta inflacionaria por 15 meses consecutivos. También la hemorragia de la tenencia de divisas (la posición de cambio del Banco Central ha perdido US$24.330 millones en los últimos 36 meses) y desbloquear un realineamiento del dólar real –hacia arriba– en los meses venideros. De hecho, quienes lleguen enfrentarán una inesperada labor de saneamiento monetario que puede despertar un severo estrés financiero sobre el accionar mediato de la Superintendencia de Banca, Seguros y Administradoras de Fondos Previsionales.
En materia fiscal, para los señores Elmer Cuba o Alfredo Thorne, la cosa tampoco viene fácil. Cómo le explicarán a sus mentores: la recaudación en dólares está en caída libre desde hace dieciséis meses, estamos hipotecados con los compromisos fiscales de diversos megaproyectos, cualquier reforma tributaria madurará recién en dos años y el déficit fiscal del Gobierno Central está explosionando –solo a marzo pasado, su valor anualizado ya superó los US$6.000 millones– y ya está tomando ahorros previsionales privados.
Como ven, no serán pocas sorpresas –u omisiones voluntarias–, apreciado lector.

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