“El que vive acá se tiene que buscar un amigo en la ciudad para
cuando vaya a pedir laburo dar su dirección. Porque como vean que vives acá
nunca te contratan”, indica Cristián Heredia, de 32 años y residente en Villa
21. En la 21-24 solo
las multas y las citaciones judiciales llegan a las casas; el resto del correo
hay que recogerlo en una oficina municipal. En cada esquina patrullan agentes
de la Prefectura, una policía militarizada que hasta hace pocos meses se
limitaba a la vigilancia de las costas y fronteras. “Con esta gente estamos mucho
más tranquilos, se ve menos delincuencia. La policía que había antes era
cómplice del negocio de la droga. Desde que llegó la Prefectura, ya apenas se
ven coches y motos robadas”, añade Heredia.
“Acá a la fuerza tenemos que ser todos albañiles, fontaneros y
electricistas. Yo no tenía ni idea de construir una casa, pero tuve que hacerme
la mía. Y caerse no se ha caído. Pero eso sí: todas las viviendas están llenas
de agujeros y goteras”, explica Héctor Kopp, aliasMaxi, de 29 años, miembro de la ONG Vientos
Limpios del Sur. “Ahora se ha puesto de moda en la ciudad la cultura villera,
porque en las villas nos gusta ir con ropa y zapatillas de deportes. Pero en un
día de lluvia es muy fácil distinguir al auténtico villero:
los de acá llevamos siempre los zapatos mojados, porque desde que salimos de la
cama estamos pisando charcos”.

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